El
reloj marcaba las 12:45 de la madrugada, los sonidos se agudizaban en aquellas
cuatro paredes interrumpidas por un destello de luz que ayudaba a no conciliar
el sueño, que muy dentro de mí, sabía por qué no había llegado; me juzgaba de no
haberme trabado ese domingo en la mañana como lo había pensado; a lo mejor ya
estuviera durmiendo plenamente, relajado.
Pero
no, ahí estaba acostado pero como si fuera un campo de batalla: La luz incandescente
que penetraba por la ventana, aquel abanico de techo que escaso de aceite
sonaba más que cama de puteadero de antaño, ni hablar del grillo que
chicharachaba sin descanso, no sé cuántos hijueputasos se llevó aquel animal.
De
tanto revolotear llegué a la conclusión que cuando amaneciera lo iba a hacer,
eso me ayudó en algo y Morfeo llegó en algún momento.
Como
es habitual al despertar lo primero que hice fue tomar mi celular que desfunde
como arma de traqueto (debajo de la almohada), 8:45 marca el reloj, era
evidente que era lunes, solo se sentía maquinas que empezaban la rutina de
lunes a viernes de ocho a seis. Ahí me encontraba yo con una labor que debía hacer,
porque lo quería y evidentemente lo necesitaba, si no quería pasar otra noche
como la anterior.
Ya
tenía todo planificado: la hora era la propicia y el lugar lo tenía definido;
caminé unas cuadras y me embarqué en aquel iniciador de mi viaje. Después de
unos minutos me encontraba en el lugar, el sol se acomodaba en lo que serían
las 10 de la mañana, el lugar un poco desolado, pero lo llenaba mi presencia,
no necesitaba más, todo se traducía en armonía, la mayoría de los sentidos se
revolvieron para hacer uno solo que se dejaba llevar por el climas de la situación.
Sin
dudarlo me sumerjo en otro mundo que muchas veces paralelo pero tan real como
el que andamos, en mi boca sentí un sabor que evoca al salado néctar producido
en el centro del universo femenino.
Ratificaba
que eso era lo que necesitaba y disfrutaba, al pasar de un tiempo mi cuerpo
quedó suspendido, flotando, mis ojos solo veían formas no tan densas de
contrastes de colores cálidos, tiempo que trascurrió lentamente y se generó una
conexión tan profunda que solo éramos el universo y yo, no había espacio para
más en esa compenetración, ni el más consagrado placer sexual generado por
Venus, se comparaba con aquel momento “poseidonico”.
Al
pasar un siglo, solo salí del mar y me fui, ya la tarea estaba realizada, me había trabado.
Att:
Un adicto al mar.
